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Arturo

Künstler Arturo Monroy

 

Nació en la ciudad de Guatemala en 1959.  

Estudia en la Academia Nacional de Arte y en la Escuela de Arte de Max Saravia Gual en Guatemala.  Vive y trabaja en La Antigua Guatemala.

Ha participado en talleres bajo la dirección de Elmar Rojas, una artista importante guatemalteco. Impartió clases de Paisaje al aire libre en la Ciudad de la Antigua Guatemala, durante los años 1986 hasta 92.

Co-fundador del grupo de Arte ITZUL.

 

Geboren in Guatemala Stadt im Jahr 1959.

Studium der Kunst an der Academia Nacional de Arte und an der Escuela de Arte de Max Saravia Gual in Guatemala.

Lebt und Arbeitet in La Antigua Guatemala.

Er arbeitete in Kunstwerkstätten unter der Führung von Elmar Rojas, einem wichtigen guatemaltekischen Künstler. Von 1986 bis 1992 gab er Kunstunterricht in Landschaftsmalerei in der Stadt La Antigua Guatemala.

Er ist Mitgründer der Künstlergruppe ITZUL.

Comentario:

“Vamos Vamos a decir que Arturo Monroy, con su obra gigante ‘Pirámides de Superbananos y Superfrijoles’, bien conceptualizada y mejor pintada, nos muestra fehacienmente que es el esfuerzo, la investigación, la experiencia de los viajes y después pasar más de ocho años cumpliendo todos los cursos de la Escuela Nacional de Artes Plásticas, que hay salida, buenas salidas estéticas en este medio tan complicado y difícil como es el nuestro; con madurez cultural como punto de partida en toda obra de arte importante, pues es esa cultura la que el artista deposita en su propio lienzo.”

Luis Díaz

El trabajo de Arturo Monroy representa la unión de dos paradigmas: la información actual fundida con el mito. Dicha fusión se expresa en una idea abstracta que encuentra su cabal expresión a través de la representación pictórica de diversos elementos de la naturaleza pintados en dimensiones gigantes. Su concepto del arte se ha liberado de la estrechez de la figura humana, tras haber encontrado la opción de sumergirse en la profundidad de la inconsciencia mitológica, donde encontrara un simbolismo inteligible en todos los tiempos y lugares, aún cuando expresado de diferente manera. El artista rescata ese simbolismo del movimiento incierto y lo transforma en un lenguaje del hombre de hoy. Si el espectador se deja involucrar dentro de esa idea abstracta, logra capturar el sentimiento de identificación propio del hombre en la tierra y en el tiempo todos. Una idea tan compleja no puede lograr su efectividad total como símbolo en cada una de las obras, y es claro que ésa no es la meta. Cada pieza, entonces, posee un valor plástico en tanto elemento de una búsqueda de su lenguaje y de la evolución de éste, al tiempo que sigue siendo una pieza unigénita, en la cual el espectador igualmente puede tomar parte.

En su búsqueda de los símbolos más representativos de la esencia humana, Arturo Monroy esgrime una mezcla de elementos, a los que pone en su pincel en movimiento mágico, en una muy particular forma de comunicar, de la cual de repente emerge un elemento fuerte, capaz de expresar por sí mismo el impacto ideal de su simbología. La “palabra” en la plástica de Monroy es el elemento -fríjol, mango o barquito de papel-, que comunica al hombre en todas partes, antes de ser regresada al juego del movimiento para dar lugar al nacimiento de un nuevo símbolo. Ese movimiento, tal como existe dentro de cada obra de Monroy se vuelve un ritmo del trabajo global. De un cuadro al otro mueve el artista sus elementos con una razón común, y éstos se constituyen así en el hilo conductor de su obra. A través de una mirada más amplia se puede apreciar toda la obra como un solo cuadro de su mano; un fenómeno que nos recuerda los símbolos-dioses en las cabezas de los gobernantes mayas, en tanto representaban un mundo no visible directamente, una realidad mágica, que se desplegaba solamente en la mente de los involucrados. El artista aparentemente evoluciona demasiado rápido, si no se toma en cuenta este ritmo global de la evolución que la obra toma como un todo. La evolución artística de Arturo Monroy comienza con la pintura de paisajes, donde desarrolló una excelencia en la técnica de acuarela. De allí transita por la pintura de interiores, especialmente los de sitios de la Antigua Guatemala, donde vivió diez años. Fue en ese lugar donde descubrió su primer “jeroglífico”: la bicicleta, que para él en ese momento significaba el símbolo del movimiento del hombre. A través del ejercicio pictórico que realizó desde entonces con este su “jeroglífico”, Monroy logró en determinado momento librarlo de su contexto de interiores y exteriores, hasta transformarlo en una figura icónica (imago) de “hombre-máquina”, que sin la necesidad de atributos auxiliares podía vivir por sí mismo.

Posteriormente el artista experimentó una nueva evolución en su técnica. De la acuarela lírica pasó al “Inmaculado” en óleo, técnica ésta que es más fuerte, representativa e intemporal, lo que la hace propicia para la expresión del impacto. Después de esta serie, Arturo se interesó nuevamente en el tema de la tierra, y liberó al “Inmaculado” de su superposición, involucrándolo nuevamente en un constante movimiento, donde se vuelve el elemento-personaje que recibe lluvias de agua en una mano, para brindar lluvias de frutas con la otra. Todo ello plasmado en movimiento circular, en un momento en que Monroy extendió su idea del círculo de la vida y dejó atrás la rueda de la bicicleta. De esta época datan aquellos cuadros que muestran su adoración por la vida, con nombres como “Danza de la lluvia” o “Danza de la naturaleza”. A través del contacto con la ecología, de acuerdo con la nueva exigencia de convivencia racional del hombre de fin de milenio, Arturo descubrió un nuevo personaje: la “Santa Ecológica”. Siendo ésta una mujer -que conlleva los contenidos de maternidad, fertilidad, eternidad y belleza-, le pareció al artista un símbolo aún mas veraz que el “Inmaculado”. Como de una fuente brotaban frutas y flores en gran abundancia de esa mujer-naturaleza, mágicamente volando alrededor de ella en un fondo casi plano. A ello siguió una época de investigación de los elementos mismos. Sacándolos de su contexto, ahora ellos mismos-hasta entonces atributos-se volvieron íconos, representando vida y naturaleza, mientras que nuevos elementos -frijoles, esperanzas, niños, casas o maíces- llegaron a ser los atributos que rodean al objeto en un movimiento mágico. Este juego de la vida se despliega en un continuo cambio circular, desde la búsqueda y el encuentro de un nuevo símbolo entre los elementos que se mueven en el “caos feliz”, pasando por su utilización como icono, hasta su regreso al contexto del movimiento, donde se encontrará un nuevo elemento, etcétera. Monroy volvió este continuo movimiento circular una parte importante de su exposición en la Bienal de la Fundación Paiz. El espectador camina dentro de la evolución de su obra desde el año 1995, y se vuelve partícipe de su micro y macrocosmos, de tal manera que puede seguir el movimiento, tanto de una obra por sí misma, como viendo a cada una como parte del movimiento total.

La muestra se inicia con pinturas al carbón y óleo sobre tela. En ellas, el artista no dedicó mucha atención al detalle de cada elemento, en aras de una mayor libertad en su investigación de los espacios, transparencias, líneas, etc., así como del movimiento en sus múltiples apariencias de velocidad (“árido”, “Niños con Esperanzas” etc.). Con pinturas como “Sandía” o “Árboles Dormidos” (Alemania, 1996) se manifiesta nuevamente el deseo de expresar la grandeza de la naturaleza y nuestra vida dentro de ella. Arturo recupera el círculo y lo deja llenar el espacio completo de la obra. Mangos, sandías o árboles gigantes se vuelven los símbolos del espacio. Para penetrar aún más en el fondo de la abstracción y enriquecer su idea primaria -en continuidad con su búsqueda de una forma auténtica que señale la importancia de la naturaleza-, Arturo inicia su experimentación con la instalación. Con esta nueva forma de expresar abundancia libera a sus elementos de su marco y los deja volar en un espacio libre. La obra “Metamorfosis”, por ejemplo, (Los ángeles, EE. UU., 1996) está compuesta por ocho bolsas de papel reciclable colocadas sin marco sobre la pared, en forma del círculo de la vida. Las bolsas, que pertenecieron a una tienda que solamente promueve productos de alimenticios ecológicos, refuerzan la idea de la vida.

A principios de 1997, Monroy recupera su estilo realista, más meticuloso, el cual en los últimos años ha ganado tanta fineza, que uno apenas quiere creer que se trata de obras pintadas al óleo. Este estilo desde entonces va de la mano con la técnica -más rápida, irracional y esencial- de carbón sobre tela o papel. Arturo ahora incluye su realismo recuperado dentro de la idea de las monumentales pinturas-instalaciones. Al agrandar la constelación de la obra, cada tela con su símbolo vuelve a ser una de varias partes en la composición de múltiples pinturas. La primera de estas obras en estilo realista es el “Banano” de siete metros. Cinco piezas, cada una de 2 x 1,40 m, separadas una de otra por escasos centímetros, toman vida propia, tanto cada uno per se, como dentro de la unidad de la obra. El espectador se ve involucrado dentro de cada uno de los bloques esculturales, percibe sus detalles para luego retirarse y contemplar la totalidad, en una participación realista y abstracta a la vez. La idea de la construcción se despliega más en la obra “Pirámide”, ganadora de una mención honorífica en la Primera Bienal de Arte del Istmo de Centroamérica. En su exposición de la Bienal de la Fundación Paiz, Arturo Monroy muestra otra obra de esa serie. Con “Estrellas Frijoles” se abren al espectador en forma de tres frijoles agigantados tres espacios -quizás puertas diferentes- para elegir, invitándolo a entrar: el fríjol rojo de la violencia, el negro de la magia y el blanco de la claridad. Esta última se destaca como preferencia del artista, ya que la coloca en el centro de la composición. Al entrar en el ambiente de la obra el espectador se ve caminando sobre frijoles reales de los tres colores. Con ese recurso inusual, Monroy hace sentir al caminante la realidad guatemalteca directamente bajo sus pies. Junto a “Estrellas Frijoles” se exponen otras obras monumentales, de rico colorido, e iguales en cuanto a la idea clara y la visión positiva.

Arturo Monroy ha prescindido de los convencionalismos, al no enfrentar las motivaciones históricas o políticas en forma de un sentido común. Su obra hace el esfuerzo de solucionar las vicisitudes del mundo de una manera plástica. La simplicidad que su obra evoca a primera vista se despliega hacia una complejidad conceptual, cuya única provocación es el reto inofensivo al espectador de continuar la idea con su propia creatividad.

Gabriela Jurosz

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